miércoles, 26 de septiembre de 2007

Una radio de artesanos

Autor: Armand Mattelart

Revista Etcétera


Mi primer encuentro con el movimiento de las radios comunitarias ocurrió en agosto de 1983. En su primera asamblea mundial organizada en Montreal, Canadá, en un país que había legalizado los medios comunitarios en la década anterior. Esta asamblea debía echar las bases de una de las primeras redes de los "artesanos" de la comunicacion. Artesanos, sí. Ya que en la sigla original, en lengua francesa, AMARC con que se designa esta red, la segunda letra "A" corresponde a esta palabra que remite no sólo a una profesión o un oficio sino a un "arte de hacer". Vale decir también una manera de sumergirse en el quehacer cotidiano de los procesos sociales y de sus sujetos.

En esa época, los grandes organismos internacionales y muchos de los gobiernos que habían acompañado la reinvindicación de un nuevo orden de la información y de la comunicación empezaban a distanciarse de las recomendaciones del informe de la comisión presidida por Sean Mc Bride sobre los "problemas de comunicación", este primer documento, aprobado en 1980, que plantea los principos de una democratización de la comunicación. A su manera, la naciente organización no gubernamental trataba de dar cuerpo a las esperanzas que habían suscitado en esos años la toma de conciencia sobre este imperativo democrático. Al definir desde sus inicios la radio comunitaria como radio participativa, la AMARC mostraba que tomaba en serio el llamado a "multiplicar las voces en un solo mundo". El hecho de existir ya era un logro en sí. Como lo notaba Luis Ramiro Beltrán en su disertación de inauguración de AMARC-2: "Es ya bastante lo que se ha hecho al buscar la creacion de un nuevo discurso con nuevos temas para una nueva era".


Mi segundo encuentro con el movimiento de las radios comunitarias fue en Managua en agosto de 1988. Los organizadores de AMARC-3 me habían pedido introducir uno de los dos temas que iba a ocupar la asamblea: "¿Qué es una radio comunitaria?". El país anfitrión cobijaba experiencias de radios participativas en que cooperaban varios artesanos de otros países latinoamericanos. Había tenido en otras estancias la oportunidad de observar este verdadero laboratorio para la práctica y la reflexión sobre la comunicación popular. Y así lo entendieron los numerosos participantes que acudieron desde varios continentes a esta tercera asamblea, verdadera torre de Babel, por la multiplicidad de experiencias representadas. Para consolidar esta dimensión cosmopolita, el AMARC-3 se había fijado contestar a una segunda pregunta: "¿AMARC, un organismo no gubernamental internacional?". Y efectivamente es a raíz de esta reunión que el movimiento informal que había sido hasta el momento se transformó en un movimiento orientado hacia el espacio-mundo. Pero con la clara conciencia de que no podía existir si no mediaban el anclaje en lo local y la expresión de las diferencias. Ya ilustraban esta preocupación los intercambios y debates sobre las prácticas radiofónicas desde el género, las comunidades "marginadas" o "minoritarias" o los pueblos indígenas.

Me pregunto hoy lo que me ha llevado hace 18 años a aceptar tan espontáneamente la tarea difícil de definir la noción de "radio comunitaria" respetando un abanico de prácticas que, a través del mundo, movilizaban nuevos sujetos sociales y contextos históricos tan variados. Sólo el hecho que yo compartía con los fundadores de AMARC, la fe en su apuesta utópica puede explicar mi temeridad intelectual de entonces.

La organización no gubernamental internacional ha guardado el rumbo de su proyecto inicial a pesar de las travesías del desierto que ha sufrido el pensamiento crítico sobre la comunicación como dispositivo complejo de poder y a pesar de las embestidas de las máquinas de guerra, gubernamentales y mercantiles, en contra de las tentativas de democratizar la comunicación. Durante dos decenios, las experiencias de comunicación participativa a través de la radio permitieron acumular un acervo de prácticas y saberes. Hoy ofrecen una memoria de apropiación social de la tecnología. Sólo la creencia según la cual el último artefacto técnico fija la norma y desligitima los otros medios de expresión puede hacerlo olvidar. Pero la implantación de la radio comunitaria en las diversas regiones y países del mundo ha sido asimétrica. Incluso en América Latina, cuna de muchas iniciativas originales de comunicacion y de movimientos populares, varios proyectos radiofónicos esperaron años o decenios antes de recibir la autorización de salir al aire. Mientras otros siguen aún luchando por conquistar su pleno reconocimiento. Para la amplia mayoría, la cuestión problemática de su "autofinanciamiento" es un tema recurrente. Y las preguntas que la convocatoria de

AMARC-3 planteaban siguen vigentes: "La mayoría de nuestras radios carecen de fuen-tes fijas de financiamiento. Mantenerlas al aire es una necesidad comunitaria en el mundo. ¿Cómo es posible mantener una emisora en circunstancias económicas adversas? ¿Qué estrategias desarrolla usted para la adquisición de fondos propios? ¿Vende tiempo de emisión o anuncios sin caer en el modelo comercial tradicional?".

Estas son cuestiones que se han "globalizado". A casi un cuarto de siglo de distancia les hace eco la convocatoria de los "Estados generales para una información y medios pluralistas" que debe tener lugar en septiembre próximo, a la iniciativa del mundo asociativo y sindical: "Los poderes públicos, lejos de garantizar la igualdad del derecho de acceso a los medios, el pluralismo de la información y la independencia de los periodistas ... se rehusan dotar a los medios sin fines de lucro y, más particularmente, a los medios asociativos, del estatuto jurídico y de la ayuda financiera sin los cuales su existencia se ve comprometida. En todas partes, más allá de la diversidad de las formas de institucionalización de los medios de comunicación, este rechazo suele ir a la par con el apoyo dado por estos mismos poderes públicos a los procesos de concentración y a los megagrupos de comunicación".

No obstante los sujetos sociales de la comunicacion han ido madurando y la "ciudadanización" de los problemas de comunicación avanzando. Lentamente, con saltos, sobresaltos pero también a veces con reveses y reflujos. El horizonte de sus expectativas se ha ampliado. "Otra comunicacion es posible". Así han abierto el nuevo siglo los frentes, las coaliciones y redes de comunicación que se movilizan en todos los hemiciclos internacionales donde se juega la suerte del estatuto de la comunicación, de la información y de la cultura confrontadas a las lógicas mercantiles. En la Unesco, la OMC, la OMPI, la UIT, etcétera, todas estas instituciones donde se definen los macro-usos de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación y se dibuja la arquitectura reticular a escala mundial, una nueva configuración de actores sociales y profe-sionales defiende el principio de la apropriación social del universo técnico como componente esencial de la democracia. Y para llevarlo a la realidad, presionan por la adopción de políticas públicas de comunicación y de cultura.

Al andar las nuevas luchas ciudadanas alrededor de la comunicación se hace poco a poco camino la
idea que no será posible rehabilitar la idea de "lo público" y su ejercicio a través de una cultura deliberativa sin cuestionar todos los segmentos de los sistemas de comunicación. Lo que implica impugnar las tendencias a la concentración capitalista de los medios privados, verdadero punto ciego no sólo en los gobiernos sino en las grandes instituciones internacionales, pensar o repensar la organización de un sector público que no sea correa de transmisión de los Estados, crear las condiciones estructurales para la perenización de un tercer sector de medios comunitarios, libres e independientes.

O se abre la participación de todos los ciudadanos a la gestión de la sociedad. O se va hacia una gestión
cada vez más autoritaria del poder y la negación de los derechos. Esto es lo que políticamente está en juego en los pulsos actuales alrededor de los procesos de comunicación y la interpretación de los derechos a comunicar. De no legitimar estos últimos como nuevos derechos sociales, lo que se cierra es el amplio campo de la creación y de la experimentación de nuevas formas de comunicación, de producción y de intercambios de saberes, de nuevas prácticas artísticas. Lo que se prepara es el advenimiento de una sociedad del conocimiento condenada a ser el clon de la sociedad industrial, con sus inmensas fracturas sociales.

¡Artesanos y artistas del mundo, uníos!